Los físicos. Son llamados así por Aristóteles. Son los filósofos de la naturaleza sensible, y de alguna manera rpresentan las primeras grandes intuiciones filosóficas que fomentarían un desarrollo posterior más serio de la filosofía.
- Heráclito de Éfeso (aprox. 544-484 a.C): En Heráclito vemos una trancisión entre el fin de las elucubraciones en torno a la materia como origen absoluto de las cosas, y el despegue hacia las causas más profundas del ser de las cosas. Exponer el pensamiento de Heráclito es una tarea de aquellas, a la que sinceramente ni alcanzo, así que voy a resumir su pensamiento en los tres puntos más característicos de su visión del mundo:
1- El perpetuo devenir y relatividad de todas las cosas: es la parte de su pensamiento más conocida. De hecho, la frase más citada de Heráclito es “Es imposible bañarse dos veces en el mismo río”. O sea: el río en que nos bañamos la primera vez, no es este en el que nos bañamos ahora. Ya fue, ya cambió, ya no es el mismo. Y así todas las cosas. Es imposible entonces afirmar el ser de las cosas, porque cuando afirmamos que algo “es”, ya dejó de ser eso que habíamos visto antes de nombrarla. Las cosas se nos escapan al momento de pensarlas, ni hablar al momento de nombrarlas. Las cosas devienen permanentemente en el tiempo, por tanto, el ser de estas cosas no lo conocemos realmente. Así entonces, el mal no “es” como tal, sino en cuanto lo captamos en un momento como mal. El mal que ahora es mal, deviene en bien; y el bien deviene en mal, ya que las cosas son y no son a la vez “.. el agua del mar es la más pura y la más inmunda; para los peces, potable y saludable; para los hombres, no potable y mortal”. Cada cosa, en efecto, sometida incesantemente al cambio, es distinta en cada momento que se la considere; y es también distinta según sea el ser que la considere. El cambio, entonces, no es una característica del ser de las cosas, sino que el único ser real de las cosas, es el cambio.
2- Esta “relatividad” del ser de las cosas, nos lleva al segundo punto más notorio en su pensamiento: el de la unidad de todas las cosas.Si cada cosa que vemos, es a la vez su opuesto; si el mar es, a la vez, el agua más pura y la más inmunda; si este río es, a la vez, distino y el mismo; lo distino y lo mismo son exactamente uno solo.
3- “La guerra (pólemos) es el padre y rey de todas las cosas”. Este limitarse, y acoplarse de los contrarios en la misma cosa, es el que les da el verdadero ser. Las dos caras de la moneda son opuestas, pero si no existiesen esos dos opuestos, en permanente tensión, no existiría la moneda.Los opuestos, armoniosos y discordantes a la vez: el día y la noche, el hambre y la saciedad; la abundancia y la escasez; todos mantienen, por medio del conflicto, de la tensión, la armonía de las cosas. Esa armonía es mantenida por la justicia (Diké), pues cualquier extralimitación de estos contrarios, produce el desequilibrio, la muerte. O sea que los contrarios coexisten, cada uno, en una “justa” medida.
Antes de seguir, debemos ser honestos: a estos filósofos se les puede achacar (como de hecho voy a hacer) todo tipo de contradicciones lógicas, de método, o de las que se les ocurra. Pero nadie escapa a incurrir en un anacronismo.Estos hombres reflexionaban con lo que tenían a la mano, y efectivamente, se puede hallar en ellos mucho, aún, de las intuiciones poéticas de los rapsodas y los poetas de su tiempo, así como elementos tomados de los mitos y las tradiciones. Pero fueron los primeros que se animaron; los primeros que salieron en busca de la verdad; y sólo por haber iniciado el camino, se merecen el mayor de nuestros respetos.
Lo primero que salta a la vista, son las contradicciones de orden lógico. Ojo, que estamos en una etapa previa a la enunciación del principio de no contradicción como herramienta lógico-racional de la investigación filosófica, así que no es de extrañar.Salta a la vista entonces la contradicción misma de Heráclito en cuanto a su doctrina del devenir de las cosas. O sea, las cosas “devienen” en el tiempo, pero siguen siendo ellas mismas.Heráclito se obnuvila con una característica del ser de las cosas, y la identifica con el ser mismo de esas cosas. Quizá a nosotros nos hubiese pasado lo mismo si hubiesemos sido contemporáneos: eran los primeros saltos hacia la abstracción. Él mismo, en sus escritos, se contradice: “Si vosotros no esperáis lo inesperado, decía, nunca alcanzaréis la verdad, que es difícil de discernir y apenas accesible”. Pero ¿de qué verdad habla? No puede haber verdad alguna, pues decir que algo ES, en calidad de verdad, es irrelevante, pues a la vez NO-ES.Aristóteles escribirá, con un poco de ironía: “Es imposible que alguien conciba jamás que una misma cosa exista y no exista a la vez. Heráclito opina de otro modo, según algunos; pero no se puede afirmar que uno cree todo lo que escribe. La causa de las opiniones de estos filósofos,es el no haber admitido como seres sino las cosas sensibles; y como veían que la naturaleza sensible está en movimiento perpetuo, algunos, como Cratilo, han pensado que era preciso no decir nada: él se contentaba con mover el dedo” (Metaf., IV, 5, 1010 a 13.)
No hace falta ser un genio para darse cuenta de cuántos heraclitáneos modernos estamos rodeados, por lo menos en orden a las consecuencias casi necesarias y lógicas de la doctrina del devenir. De hecho, el escepticismo moderno tiene mucho de “no se puede afirmar con certeza”, o “no se puede conocer la verdad tal, sino que cada uno tiene su verdad”.Por empezar se olvida que hay grados de verdad y grados de conocimiento. Yo no vivo dudando de la realidad material que me rodea porque sea un escéptico coherente. Nadie duda que debe correr a la vereda cuando se le viene el camión encima, porque crea graciosamente que “no podemos estar seguros de nada”.En la vida real somos todos profundamente aristotélicos, espontáneamente realistas: las cosas están ahí, son, independientemente de lo que nosotros inventemos o dudemos en nuestra cabeza. Las cosas tiene su propia verdad, y para relacionarnos con ellas, debemos tratar que nuestra cabeza se acerque a esa verdad.
“Yo no le temo al camión que se me viene encima, porque ahora es eso, pero enseguida no será, será otra cosa”. Nadie piensa así, sino es en una charla de café divagando sobre bueyes perdidos. O por lo menos yo no conozco a nadie que por pensar así haya sobrevivido al camión.
“Pero cada uno tiene una verdad acerca de las cosas, según las ve” Bueno, eso es, entre otras cosas, un abuso del concepto de verdad, y un abuso de la percepción. Yo puedo ver un lado del billete de 100 dólares, y Fulanito puede ver el otro lado, pero ambos sabemos que es un billete de 100 dólares. Si yo le digo a Fulanito: “el billete que me das no es de 100, sino de 10. Me debés 90″ Estoy seguro que Fulanito mandará su relativismo al cuerno y me explicará, y aún me impondrá, la verdad objetiva de que ese billete es de 100.
No es fácil ser un relativista consecuente. Primeramente porque tenemos la contradicción de que toman la relatividad de las cosas como algo absoluto, toman la relatividad como verdad; segundo, porque los relativistas tiene valor sólo para mover la lengua, y no para vivir lo que dicen hasta sus últimas consecuencias. O por lo menos yo no he visto relativistas cuya postura no pase de un cierto esnobismo intelectual.
Quizá replantee mi postura con respecto a ellos, cuando los vea hacer silencio, y empezar a mover sólo el dedo.
