Zona de Insomnio

Distributismo y marxismo

Mayo 24th, 2008

Si hay algo de lo que siempre he estado convencido es de las condiciones para que un diálogo sea sincero.
A mi modesto entender, la primera y principal, debe ser la voluntad de dialogar. Y me refiero aquí sólo a la voluntad, más allá de las perspectivas, o no, de alguna utilidad de este diálogo.
La segunda y no menos importante, debe ser la identidad: ser sinceramente uno mismo, ser humildes a la manera de Teresa de Jesús, o sea: andar en verdad.
Si a todo esto le agregamos las virtudes que deben adornar a un cristiano, creo que el diálogo serio, el que nada tiene que ver con la diplomacia falluta o la tolerancia oligofrénica, es un auténtico ejercicio de humanidad.

Esto lo supe desde siempre, pero debo admitir que bastante de la práctica la he aprendido en nuestras conversaciones con Jack Celliers. Han sido conversaciones duras, pero con la verdad de lo que cada uno es en la mano. Han sido, sobre todo, conversaciones francas. Y si algo aprendimos o algo sacamos en claro, ha sido gracias a que ninguno entró en la tónica del consenso facilista o la obsecuencia hipócrita. Ninguno ha hecho concesiones.

Creo también que los dos tenemos en claro que si bien un diálogo entre cristianismo y marxismo no es posible como tal, eso no quita que dos personas, una católica (y para colmo conservadora) y la otra marxista, se sienten a tirarse ideas por la cabeza con un buen tabaco de por medio.

Y ha sido en medio de este ir y venir de argumentos, ideas y ladrillazos, que se me ocurrió tirarle el guante, e invitarlo a escribir sobre un tema típicamente católico, aunque cercano a la temática político/social.
Él aceptó la invitación/desafío, y aquí tenemos el resultado.

Y aquí apelo a la caballerosidad de quienes lean: Jack es marxista y escribe como marxista, y desde una perspectiva marxista. me consta que su intención no es dictar cátedra (y menos de un tema del que ha tenido que empezar a leer prácticamente desde cero), sino dar su visión franca a la luz de lo que es, obviamente, y como cualquiera de nosotros haría.

Así que, puristas, a tomar calmantes.

Distributismo y marxismo.

Hace unas semanas el anfitrión me invitó a desarrollar un tema: “Distributismo y marxismo”. En su generosidad pensó que yo podía hacerlo bien, y en su generosidad se equivocó: yo realmente no tenía la menor idea de lo que era el distributismo.

Así que me puse a leer material acerca de este sistema inspirado en la Rerum Novarum de León XIII y propuesto por Chesterton, Belloc, Dorothy Day y otros. Que estas lecturas me hayan dejado en mejores condiciones de exponer el tema es muy dudoso; pero lo cierto es que tengo ganas de intentarlo. Así que si el anfitrión y los lectores condescienden a tolerar mi ineptitud, me dispongo a ejercerla con el entusiasmo de siempre.

Antes de comenzar se me hace evidente la objeción de la que seguramente seré objeto: que veo todo bajo el prisma del marxismo. Es inevitable que una persona se acerque a una idea analizándola bajo el cristal de sus ideas y valores previos, juzgando la idea analizada de acuerdo con las convergencias o divergencias que tenga con las ideas propias.

Sin embargo lo que me parece importante es esto: que las divergencias sean analizadas a la luz de valores y hechos. Y de esta forma las ideas que uno profesa deberían verse puestas tan a prueba como las ideas que se analizan. Al fin y al cabo lo que subyace en toda ideología es un cúmulo de valores, y los hechos son interpretados a la luz de esos valores.

I - Algunas consideraciones acerca del materialismo

Voy a empezar con esto por una razón sencilla: quisiera que mi análisis se entendiera a partir de las categorías que yo considero válidas y que - déjenme decirlo - no dejan de sorprenderme. Analizar el pensamiento chestertoniano, y particularmente el distributismo, me resultó sorprendente por lo bien que confirma muchas tesis marxistas. Sé que este es un comienzo desalentador para quien quisiera una conversión de mis ideas a posiciones más cercanas al catolicismo, pero me parece que lo interesante es - nuevamente - analizar los valores subyacentes en un punto de vista.

El materialismo considera que la realidad material, la realidad que vivimos juega un papel moldeando nuestra conciencia. Cualquiera sabe que una persona no será igual si nace en una selva, en una llanura o en una ciudad. Sabemos que no es igual la psicología de un aristócrata a la de un financista, que si una persona nace en una villa miseria le será mucho más difícil cultivar ciertos valores, no por su culpa sino precisamente porque el medio material en el que le toca vivir se lo pone difícil a la hora de acceder a determinadas facilidades.

Las condiciones de vida modifican nuestros valores, en algunos casos dramáticamente: aún se recuerda el caso del avión que transportaba unos deportistas uruguayos y cayó en un lugar perdido de los Andes donde los sobrevivientes tuvieron que alimentarse de carne humana. Cambios extremos en nuestras condiciones materiales de vida pueden obligarnos a la disyuntiva de renunciar a muchos valores… o morir. Que lo aceptemos o no es otro punto, la presión existe.

El punto de vista materialista explica que la psicología de los individuos compartirá muchos más rasgos comunes cuanto más similares sean sus condiciones de vida. Esto no significa renunciar a la individualidad, de hecho el ser humano es tan complejo que la experiencia de un sólo hombre es irrepetible, por eso no hay dos personas iguales en el mundo. Se me dirá que en una misma clase se pueden encontrar individuos totalmente disímiles en sus valores y psicología, y esto es verdad; pero cuando consideramos a dos personas “diferentes” lo hacemos porque obviamos muchas similitudes que damos por descontadas y no resaltan. Dos personas que vivan en una urbe populosa podrán detestarse cordialmente y ser totalmente incompatibles, pero compartirán muchos rasgos psicológicos marcados por el hábito que no marca a sus respectivos primos que viven en un pueblito rural.

A su vez las condiciones materiales de existencia se ven fuertemente influidas por la forma como el hombre produce sus medios de vida. El hombre necesita producir para vivir, esa es la base de su supervivencia. Cada lector de este texto dedica buena parte de su vida a producir un ingreso que le permita la subsistencia, ya sea vendiendo su fuerza de trabajo, vendiendo mercancías, ejerciendo una profesión, o bien poseyendo medios de producción tan variables que pueden ir desde un kiosko a una multinacional.

Nuestras ideas y valores respecto de lo que es deseable desde el punto de vista político y social están notablemente influidas por esto. Lógicamente - voy a poner un caso extremo - una persona que se gana la vida vendiendo armas difícilmente adscriba activamente al pacifismo, el dueño de una multinacional difícilmente estará muy contento con cualquier idea que implique desposeerlo de su fortuna. Quien tiene un trabajo quiere a toda costa conservarlo, quien no tiene trabajo quiere conseguirlo o bien marginarse o robar, quien factura un millón de dólares al año se angustia si factura medio, etc. La forma de producir medios de vida influirá mucho no sólo en la organización de la vida del individuo sino también en sus ideas, sus valores y su cosmovisión. No significa que no pueda eventualmente contradecirla, o que no haya excepciones; significa que nuestros intereses objetivos constantemente impulsan a nuestro pensamiento a adoptar determinadas posturas y a asumir determinados valores. Ser consciente de este condicionamiento es lo que permite eventualmente superarlo en búsqueda de algo que vaya más allá de nuestro interés personal inmediato.

II - La pequeña burguesía

Todavía me permitiré aburrir un poco más al lector con el análisis de clases.

Para Marx la posesión o no de medios de producción determina un interés objetivo muy fuerte. No el único pero sí muy importante ¿Por qué los trabajadores se agrupan en sindicatos? Porque tienen intereses comunes que defender, y lo mismo ocurre con los capitalistas que se agrupan en cámaras empresarias. Pero existe una clase que comúnmente se llama “clase media” (pequeña burguesía para el marxismo) que está en una posición particular.

El pequeño burgués es mencionado muchas veces en forma peyorativa por algunos pensadores marxistas, pero el mejor marxismo analiza las clases sociales con mucha más amplitud de miras. La pequeña burguesía es esa clase social que o bien posee medios de producción en una escala tan reducida que no le permite explotar trabajo asalariado (el individuo sólo se explota a sí mismo) o bien ejerce una profesión, o es un asalariado de cierto nivel que le permite tener un capital de reserva suficiente como para reproducirse ante la pérdida de un salario, sea por medio del interés financiero, sea adquiriendo medios de producción.

La pequeña burguesía está sometida a tensiones contradictorias. Por un lado es explotada o aplastada por el gran capital, por el otro tiene ciertos privilegios respecto del proletariado o los marginales. La psicología del pequeño burgués es consecuente con esto: puede adoptar posturas revolucionarias, hostiles al gran capital; o puede adoptar posturas hostiles a todo cambio social a favor de los trabajadores. Y esto ocurre porque el pequeño burgués suele asumir ambos roles: el del de capitalista que explota un medio de producción y el de trabajador.

Pensemos en un agricultor (algo menos que los famosos “pequeños productores” que han hecho tanto ruido últimamente): posee una pequeña parcela de tierra, pero debe trabajarla él mismo ya que no puede producir a escala suficiente como para explotar trabajo asalariado. Pensemos en un kioskero. Estos individuos poseen un medio de producción, pero esto no los exime de trabajar como condición obligada a la percepción de alguna renta. Aclaro que hablo específicamente de aquellos que no explotan trabajo asalariado y por lo tanto deben trabajar, no a aquellos capitalistas que trabajan porque les entusiasma su tarea o quieren hacer aun más billetes.

Otro ejemplo interesante es el profesional independiente. Esta persona se asemeja a un capitalista dueño de una empresa de trabajo temporal, sólo que tiene un solo empleado: él mismo, que se vende en el mercado como fuerza de trabajo. El profesional es él mismo su propia mercadería y juega el doble rol de capitalista y trabajador.

La ideología del pequeño burgués es mucho menos homogénea que la del proletariado o la burguesía, justamente por este doble rol que juega. Por un lado el pequeño burgués defiende la propiedad privada de los medios de producción, ya que posee uno (o un capital equivalente). Por otro lado comprende perfectamente los problemas de un trabajador, porque trabaja. Así el pequeño burgués puede adoptar posiciones revolucionarias por su hostilidad contra el sistema del gran capital que aplasta a su pequeño emprendimiento, o reaccionarias por miedo a que los intereses del proletariado desposeído expropien el medio de producción que es su único medio de vida y esperanza de ascenso social. Muchas veces adopta una mezcla de ambas de acuerdo a las circunstancias: los pequeños chacareros que dieron el famoso Grito de Alcorta defendían posiciones muy diferentes de los que hoy se agrupan en FAA. Aquellos luchaban contra los terratenientes, éstos en cambio hacen frente común con ellos, la confusión ideológica y las declaraciones contradictorias de sus dirigentes son graciosas o trágicas de acuerdo a cómo se las mire, pero muy lógicas.

III – Los sistemas ahistóricos

Una de las características de los sistemas políticos que nacieron al calor de ideas surgidas en la pequeña burguesía es su ahistoricidad (perdón por el término, más bien feo). Por “ahistoricidad” quiero decir falta de carácter histórico.

Los sistemas políticos no son simplemente formas neutras de organización social. Si fueran sólo eso la política no causaría tantas muertes. Es fácil ver para cualquiera que la política implica enormes intereses, sólo que esos intereses tienden a identificarse con la mera corrupción de los representantes políticos, cuando lo cierto es que en la política se juegan intereses mucho más vastos, esto es: intereses de clase, de los cuales la corrupción de los políticos es apenas un apéndice.

Varios pensadores han ya ideado y propuesto sistemas políticos. Marx englobaba dentro de lo que llamaba “socialismo utópico” a numerosos sistemas sociales ideados por Saint-Simon, Fourier, etc. La crítica fundamental a estos sistemas es precisamente su falta de carácter histórico: estos pensadores simplemente se dedicaron a imaginar un sistema social “ideal” bajo el cual la humanidad podría vivir sin conflictos, creyendo que con esto el problema estaba solucionado.

Marx por el contrario entendió que no es posible encontrar un sistema político sin analizar primero cuáles son las fuerzas sociales – esto es: los intereses – que históricamente han dado lugar a los diferentes sistemas políticos. Piénsese lo que se quiera de Marx, pero es indudable que idear un sistema político justo es algo que no puede hacerse dejando de lado las fuerzas históricas reales que hoy actúan en la sociedad. Ignorarlas es condenar cualquier sistema que se pergeñe a permanecer en el limbo, la “utopía”, que quiere decir precisamente “ningún lugar”.

Es interesante analizar los sistemas propuestos por los socialistas utópicos. El falansterio de Fourier, por ejemplo, propone imágenes que suelen sonar a cuentos de ficción ingenuos y no muy logrados: cientos de hilanderas ejecutando un trabajo perfecto, niños que hacen todos felizmente lo mismo, un armonía ideal, etc. Este carácter irreal y ficticio está dado por la ausencia de conflictos humanos en el análisis, ausencia derivada justamente del carácter ahistórico de la idea.

IV – El distributismo

El distributismo, por fin, adolece de los mismos problemas. Si bien está formulado de manera algo más precisa y se trata de una idea mucho más moderna, no deja de presentar esa sensación de irrealidad utópica derivada no de un exceso de imaginación sino de la falta de análisis histórico.

Y la falta de análisis histórico no provoca sólo una “sensación” de irrealidad sino que plantea objeciones muy concretas – objeciones de carácter histórico precisamente – que envían al distributismo al arcón de las ideologías utópicas. Sin embargo el distributismo es muy ilustrativo acerca de los intereses y el origen de clase de sus ideólogos. Analicémoslo.

El distributismo propone un sistema basado en la propiedad privada, pero ejerciendo una salvedad: propiedad privada sólo en pequeña escala… ¿No es ya muy visible su origen pequeño burgués? El sistema con el que soñaban Chesterton e Hillaire Belloc propone una especie de Arcadia en la que los medios de producción sólo existen a pequeña escala distribuidos en cada hogar. Las ventajas de este sistema aparentemente se dejan ver: la inexistencia de grandes corporaciones capitalistas que distorsionen el mercado, la existencia de un mercado de iguales en el cual nadie tiene un poder desproporcionado sobre otro, y por supuesto: la preservación de la propiedad privada a una escala autónoma.

Lo curioso de esta utopía de origen católico y reaccionario es que… ¡se parece mucho al socialismo utópico! Y creo que muy a su pesar. La diferencia entre propiedad colectiva y propiedad privada se ve aquí reducida notablemente por el principio de subsidiariedad, sobre el que volveremos más adelante.

Un pensador en el que se apoyan los ideólogos del distributismo para dar algún peso a este sistema es Ernst Friedrich Schumacher, economista germano-británico que no casualmente tituló unos de sus libros “Lo Pequeño es Hermoso”, aserto notablemente sentimental que abre un estudio acerca de las “tecnologías intermedias” intentando demostrar que la producción masiva y gigante del capitalismo moderno es ruinosa, que las tecnologías deberían circunscribirse a la producción necesaria a pequeña escala y con menor inversión de capital.

Para la gestión de industrias más pesadas Schumacher propone fábricas copropietarias, y otras soluciones que implican en realidad formas de propiedad colectiva. Analizando el distributismo es muy curioso observar lo mucho que se acerca al socialismo real y lo distorsionado de sus críticas al mismo. De hecho el distributismo intenta ser un socialismo que salve el último bastión del capitalismo: la propiedad privada.

V – Los problemas de la historia

Vamos entonces a hacer algunas preguntas al distributismo, preguntas que implican tomárselo con seriedad y considerarlo como una alternativa. Contestar estas preguntas de manera solvente es lo que diferencia a una idea que se propone seriamente constituirse en posibilidad política de una idea cuyo objeto es simplemente plantear una inevitable crítica al sistema capitalista sin proponerse jamás reemplazarlo, como yo creo que es el distributismo.

La primera pregunta es – como no podía ser de otra manera – de carácter histórico: ¿cómo llegamos al distributismo a partir de la sociedad actual?

Mencionemos sólo al pasar algunas de las muchas objeciones de tipo técnico y logístico en las que uno podría enzarzarse con Schumacher. Este economista identifica “gran escala” como el problema crucial y el principio de subsidiariedad, esto es: que lo que puede hacerlo una entidad pequeña no lo haga una entidad grande, como la ansiada solución.

En realidad la producción a gran escala no es mala en sí misma. Cualquier experto en producción y logística puede explicar la enorme reducción de costos que implica la producción a escala masiva y el enorme bien que representa para la humanidad. La producción a gran escala permite la standarización de numerosas normas de calidad, piénsese en muchos bienes de producción compleja como computadoras, elementos de biotecnología, productos químico-farmacéuticos, extracción de petróleo y otros recursos naturales etc. que resultan imposibles de producir a pequeña escala con un costo razonable.

El problema no es la producción a gran escala en sí misma, el problema es la propiedad privada de esos medios de producción masiva. Pero claro: para el distributismo hablar de propiedad colectiva de un gran medio de producción es anatema ya que se trataría prácticamente de socialismo. Así que para preservar la arcadia pequeñoburguesa se propone un anacronismo económico como la producción obligada en pequeña escala.

Pero esto es apenas un problema menor, volvamos a la pregunta inicial: ¿cómo se llega a este esquema desde nuestra sociedad? No se ve otra forma (perdonen quizás mi falta de imaginación, estoy abierto a sugerencias – serias por favor – ) que expropiar a los actuales grandes capitalistas. Esto sólo ya representa un obstáculo tal que desde el marxismo puede pronosticarse sin temor a errar que ni el más audaz y fervoroso distributista será capaz siquiera de proponerlo, que la iglesia sería la primera en desaprobar semejante locura, y por supuesto: que sólo los marxistas consecuentes acompañarían sin ningún problema una medida de este tipo. Cuando quieran cuentan con nosotros para eso, pero sospecho que “en esta vereda” esperaremos en vano.

Existe aún otro problema, suponiendo que este paso pudiera darse. Digamos que hemos convertido a todos los capitalistas a un fervoroso distributismo y que todos están dispuestos sin más a deshacerse de sus grandes medios de producción y a desprenderse de millones de dólares ante la mirada atónita de Ratzinger. Digamos que solucionamos el engorroso y costosísimo problema de desmontar todas las grandes industrias (no me quiero imaginar los costos) y redistribuirlas en multitud de pequeñas formaciones urbanas. Digamos que logramos todo esto, ahora bien: ¿Cómo evitamos la acumulación de capital?

El pequeño burgués adolece de una contradicción fundamental: por muchos conflictos que tenga con el capitalista el pequeño emprendedor siempre quiere convertirse en uno grande, para eso trabaja y a eso dedica todas las horas del día. Nadie como el pequeño burgués sueña con dejar de trabajar y permitir que alguien se ocupe del molesto problema del trabajo para tener más tiempo libre. Y cuidado: esto es una aspiración natural y legítima del ser humano: todos queremos tener más tiempo para nosotros y liberarnos de la embrutecedora necesidad de ganar el pan para dedicarnos a la creatividad y a la belleza. Lo malo es que el capitalismo sólo nos deja la salida de traspasar a otro la obligación de trabajar por mí a cambio de un salario.

Una vez establecidas estas pequeñas propiedades todo el mundo tendrá la legítima aspiración de acumular capital ¿cómo impedirlo y con qué argumentos? Las tendencias subyacentes en una sociedad de este tipo no cambiarían y exigirían resolución: ¿Cuál sería el límite fijado para la acumulación de capital? ¿Quién lo fijaría y con qué criterio? ¿Adónde iría el capital sobrante? ¿Al estado? ¿Qué clase de propiedad privada es aquella a la que no se le puede extraer libremente el máximo de sus posibilidades?

Sin contar con que muchas demandas sociales quedarían insatisfechas ya que estaríamos constreñidos a una sociedad en la cual el avance tecnológico estaría enormemente dificultado debido a la imposibilidad de hacer grandes inversiones de capital. No en vano los ideólogos del distributismo suelen ser personas con cierta fobia al avance técnico, al que identifican con el totalitarismo.

Aún más difícil de responder es la pregunta que vincula el primer paso con el último: ¿con qué argumento filosófico se puede expropiar a un capitalista si al final lo único que se hará será “redistribuir” la propiedad privada? Es muy sencillo ver que esto es un remedo de socialismo ya que exige una expropiación, un choque directo con los intereses capitalistas, pero cualquier capitalista tendría derecho a preguntar “¿Con qué autoridad se me expropia a mí, si al fin y al cabo la forma de propiedad es la misma?”

Pero ningún pequeño burgués está dispuesto realmente a esto por la sencilla razón de que no tiene sentido. Como se ha dicho: el pequeño burgués quiere convertirse en capitalista, quiere mejorar su nivel de vida y dedicarse a tareas más creativas que perseguir el sustento. Esto no es malo en sí mismo, sólo en la medida en que obliga a dejar caer sobre las espaldas de otro la carga que se lleva sobre la propia. La utopía distributista paga su falta de origen histórico con la falta de futuro histórico: como toda utopía se trata de una sociedad que sólo puede ser concebida congelada en una fotografía, no puede hablarse ni de cómo llegar a ella ni de cómo desarrollarla una vez conseguida.

VI – Visto desde una perspectiva marxista

El problema de la escala de producción es un falso problema, una cuestión artificial en la que los ideólogos del distributismo cayeron para salvar la pequeña propiedad privada y para no aceptar la propiedad colectiva.

El problema de los medios de producción no es el de su escala sino el de su control. El control de los grandes medios de producción puede ser plenamente democrático en tanto pertenezcan al estado y el estado esté sujeto a ese control democrático. Los medios de producción no son otra cosa que una herramienta social, su escala debe estar adecuada a los costos y necesidades humanas, no puede ser fijada por principio.

Con frecuencia se acusa al socialismo de otorgar al estado un papel aplastante, pero es una perspectiva falsa. El estado no es un ente independiente de las personas sino un instrumento de poder al servicio de determinados intereses. Identificar cuáles son esos intereses es la clave para entender el funcionamiento de cualquier estado.

El proletariado es aquella parte de la población que no posee otro medio de vida que la venta de su fuerza de trabajo. Esta clase social es el sujeto histórico llamado a tomar el poder y reformular la propiedad de los medios de producción con el objeto de ir progresivamente a una sociedad en la que la técnica permita al ser humano – a todos los seres humanos – liberarse de la persecución angustiante del sustento, una sociedad donde la propiedad colectiva de los medios de producción unida al impresionante avance tecnológico heredado del capitalismo permita el máximo de tiempo libre y el mínimo de trabajo alienado o forzoso.

Adivino que muchos lectores llegarán hasta aquí y dirán que esto es exactamente una utopía, pero está muy lejos de serlo: los recursos del planeta son más que suficientes para dar alimento a toda la población, y el avance tecnológico permite una utilización y reproducción óptima y racional de esos recursos. La razón por la que estamos destruyendo el medio ambiente y despilfarrando recursos de manera oprobiosa mientras masas enteras se mueren de hambre es simplemente la altísima concentración de enormes cantidades de capital cada vez en menos manos, concentración que sigue la dinámica del capitalismo en una degeneración cada vez más acusada.

En una sociedad socialista – explica Leon Trotsky – “el dinero deja de elevar al cielo o hundir en el infierno” para transformarse en lo que nunca debió dejar de ser: un simple medio de contabilidad. Lógicamente en una sociedad socialista nadie está exento de trabajar, pero trabajar no para hacer la acumulación de nadie, ni para acumular – cosa innecesaria en una sociedad en la que la existencia está garantizada en buenas condiciones – sino para desarrollar el propio potencial.

Toda actividad humana crea valor; si imaginamos el mundo como una enorme empresa que crea bienes a partir del trabajo, a medida que el socialismo avanza el ingreso que percibe un trabajador es cada vez menos salario y más dividendos fruto del valor agregado que otorga el trabajo humano en esa gran empresa que es el mundo. Se borrarían progresivamente las fronteras entre vida y trabajo y ciertamente gracias al avance técnico se trabajaría cada vez menos.

En la medida en que desaparecen las clases el estado tendería a dejar de existir, muchas funciones se borrarían y persistirían quizás algunas elementales instancias de administración colectiva, pero el interés de clase es lo único que sostiene la maquinaria del estado. Como decía Marx: con el comunismo empieza la verdadera historia del hombre.

Ciertamente no dejaría de haber conflictos y se trata de un camino muy largo, pero los marxistas creemos prudentemente que posible. No creemos en utopías sino en lo que consideramos realmente – materialmente – probable. Nos apoyamos en la razón sencillamente porque pensamos que para eso sirve.

Y no estamos interesados en dioses porque los dioses no se han mostrado nunca demasiado interesados en el sufrimiento de los hombres.

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