Al final nos fuimos.
Richard y Kari nos invitaron a viajar con ellos, así que no nos quedó otra que aceptar la invitación
Si bien el clima no acompañó mucho (la primavera sigue ausente en la costa tanto como en Buenos Aires) el mero hecho de cambiar de aire nos distendió un poco.
Yo venía de más de 7 años de abstinencia de mar (me encanta la montaña, pero amo el mar), así que con sentir el aroma marino ya me daba por semi-pagado.
Salimos el Viernes 26 por la mañana, y el viaje fue tranquilo, y relajado. Si bien son sólo 4 horas de ruta, ni Richard ni nosotros teníamos apuro, así que nos permitimos un par de paradas para estirar las piernas.
Llegamos al mediodía a la casa de Carolina y Walter, los promotores de este viaje, mientras Richard y Flia. seguían rumbo a Mar del Plata, a visitar familiares.
OBVIAMENTE, y aunque el día estaba nublado, la temperatura fresca, y la playa ventosa, arropamos a Selene con un par de kilos de abrigo, y fuimos a la costa para “pisar la arena” y estar al lado del mar.
La reacción de Ignacio fue la que esperábamos en un amante del agua como es él: le encantó, y no dejaba de gritar “ahí viene el mar!!” mientras las olas llegaban a sus pies.
Pero había en verdad mucho viento, así que antes de volver a la casa, “intentamos” sacarnos una foto con Nacho mirando a la cámara. Misión imposible.
El sábado salió el sol, pero en la playa el viento seguía siendo fuerte. El entusiasmo de Nacho seguía intacto (y para ser francos, el nuestro también), así que por fin conseguimos una foto más o menos decente, aunque Nacho se empeñaba en no mirar la cámara.
Y Selene? Pues casi todas fotos de interior, ya que en exteriores apenas se la veía debajo de la ropa que le pusimos. Así y todo las precauciones no sirvieron de mucho: tuvo unas noches bastante bravas con tos y ahogos que parecían ser bronquiales.
El mismo sábado nos dimos una escapada a Cariló, donde pasamos la tarde entre meriendas y paseo. Yo hacía por lo menos 15 años que no pisaba Cariló (y Pinamar, vamos), y es increíble cómo han crecido estos lugares. Visita obligada en Cariló: la iglesia, que es muy bella sobre todo por dentro, pero desafortunadamente fuimos a la hora en que estaba cerrada, así que todas las fotos del lugar son desde fuera.
Ahí mismo nacho y yo encontramos un viejo amigo con el que nos sacamos una foto:
El Domingo fue un día lisa y llanamente feo, así que estuvimos en la casa descansando. Yo igualmente, después de Misa, pipa en mano, me di una vuelta por la playa. Uno podría pensar que en un día nublado, frío y ventoso, un paseo por la playa no tiene mucho de interesante, pero lo cierto es que con ese clima y todo, a mí el mar me gusta como venga.
El lunes terminó de empeorar el clima, ya que llovió desde la mañan al mediodía, así que nos limitamos a vegetar en la casa, esperando a que pasara nuevamente Richard para emprender el regreso.
Algunas de las muchas cosas que me quedaron flotando en la cabeza:
- Pinamar ha crecido, y mucho, no sé si a favor o en contra de los pinamarenses. A mí me tocó disfrutarlo fuera de temporada, pero no me imagino el infierno que estalla en enero y febrero.
- Cariló también ha crecido, pero tratando de preservar su originalidad. Señal de que es posible, y ojo, que este “crecimiento vigilado” ha sido así a instancias de la misma gente que vive en Cariló.
- Hay mucho por hacer en Pinamar, como en muchísimos lugares del interior. Y la poca gente que lo hace no lo hace bien, quizá porque no tienen el estímulo de la competencia salvaje que se vive en Buenos Aires, y por eso mismo, porque no hay competencia, hay mucha gente que, (como decimos acá) “la levanta en pala” (la plata) haciendo las cosas con muy poco profesionalismo.
- La hospitalidad incondicional y perfecta de Carolina y Walter, abriándonos las puertas de su casa.
- La amistad incondicional de Richar y Kari, que no dudaron un momento al invitarnos a viajar con ellos.
Suponemos que habrá otra ida a Pinamar, aunque dudo que sea en verano. Mientras tanto, ya volvimos a meternos de cabeza en el estrés porteño, que espero nos deje sobrevivir hasta el próximo viaje.








Octubre 1st, 2008 - 18:14
Me pasa algo extraño con el mar, me quita la percepción del tiempo: puedo pasarme horas en la playa y sólo me parecen minutos, o al revés minutos que parecen horas.
Eso sí, la ausencia de toda alma humana -excepto las de la familia- en las inmediaciones es condición necesaria para que se dé el efecto. Imposible en Villa Gessel en enero, por ejemplo.
Octubre 1st, 2008 - 20:50
Bueno, bienvenidos, je, je…
Octubre 2nd, 2008 - 5:52
Comparto sus sentimientos, estimado Severian, aunque debo admitir que con la abstinencia de mar que tenía, era capaz de aguantarme miserablemente hasta una playa marplatense en enero.
El mar produce efectos extraños en la gente, y en quienes presumimos o intentamos ser pensantes, hace estragos. Estoy seguro que sabe de lo que hablo.