El post podría tratar en tono autovictimizante, de las aventuras y desventuras que uno vive como padre para llevar una familia adelante; y lo que es más duro, tratar de que esa familia no sólo coma, sino además sea feliz.
Pero como la cantidad y variedad de colegas en la paternidad que conozco, me invita a cordialmente a ser humilde y realista (cualquier padre puede, sin esfuerzo, igualar o superar mi anecdotario de sacrificios), me pareció que una de las cosas más originales que tiene nuestos hijos, es la de hacernos inmensamente felices con nimiedades.
Cosas que me dan vuelta el corazón de alegría:
- Cuando Nacho gritando “Papáaaaaa” y Sele agitando los brazos, me reciben al llegar a casa.
- Cuando Nacho me ve decaido y se acerca para hacer una mueca de sonrisa y “ordenarme”: Papá, sonreí!.
- Cuando Sele se da cuenta que me acerco a ella y me sonríe, pero mirándome de reojo con la más cómplice de las miradas.
- Cuando estando en Federación, esta Semana Santa, con unos días estupendos, Nacho me dijo: “Papá, estoy mucho feliz”
- Cuando me sale mal intentar sobornar a Sele dándole algún juguete cuando tengo que quitarle algo, y ella, dando precoz muestra que sabe lo que quiere, me mira y me grita enojada.
- Cuando Nacho se levanta muy temprano, apenas una hora después que yo, y en vez de empezar a jugar o a pedir cosas, se sienta callado en el sillón, al lado mío mientras rezo o leo, sólo a estar conmigo.
- Cuando me toca dormir a Sele, y para dormir, se abraza a mi brazo como un koala.
La lista podría seguir, pero no es tanto la cantidad, sino el hecho de que estos hechos “irrelevantes”, alcanzan por demás a llenarme de paz y alegría en esos momentos.



